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Desde Chiapas con temor, La Vanguardia, 14/02/2004


Sigo en San Cristóbal de las Casas, donde me llegan tambores lejanos de lo que ha ocurrido en Catalunya el día 27: una situación que no puedo, sin más, calibrar, aunque sí puedo expresar la tristeza y la alegría que espontáneamente me produce. Tristeza y alegría, he de reconocerlo, que quizá tienen más que ver con mis particulares creencias y esperanzas políticas que con los mismos protagonistas del caso.

La tristeza primero. Yo estaba ilusionado con el plan, liderado por Carod, de ampliar y normalizar su proyecto independentista no sólo entre los convencidos de siempre, sino también entre el cinturón industrial y el suburbio burgués, entre los antiguos inmigrantes y actuales castellanohablantes... Para abrir así el abanico había puesto sordina al lenguaje de una mítica o vernácula identidad catalana para reivindicar nada más pero nada menos que la ciudadanía catalana: algo con menos lastre sentimental pero mucho más radical y de mayor calado.

En el epílogo a su libro "Una altra Catalunya" yo me felicité –y le felicité– por esa nueva orientación. Una orientación –helas– a la que parece haber renunciado al proponer su candidatura a las próximas elecciones como un plebiscito para defender "las esencias patrias" dirigido, en franca contradicción con su reciente trayectoria, a lo más fundamentalista, "esencial" "puro" y "radical" (o simplemente a lo más resentido) de nuestro electorado. Quizás ha sido una buena salida personal –tal vez la única–, pero me temo que no la mejor para Esquerra. Y aunque no soy un buen adivino, me temo que ni la tendencia a cerrar filas y "fer pinya" frente las agresiones de que ha sido objeto va a paliar el efecto negativo de este cambio de registro.

En cualquier caso, no hay duda de que ETA está más interesada en mantener la tensión que en encontrar una solución. De ahí que, sin escrúpulo alguno, pueda utilizar a las personas que, ingenuas o no, tratan de superar el "impasse". No tienen escrúpulos en matar; ¿cómo van a tenerlos para liarla cuando les conviene, reforzando de paso a su "íntimo enemigo" del Partido Popular? Yo mismo tuve que huir a Francia en 1975, cuando a ETA le convino soplar mi nombre a la policía como responsable de haber ayudado al transporte de un herido.

He comenzado con la tristeza, y ahora viene la alegría. La alegría por cómo se ha manifestado la capacidad, las convicciones, la decisión, la entereza, la serenidad y los arrestos de Pasqual Maragall frente a las presiones de uno u otro signo: frente a la estrategia del partido gobernante en España, frente a la histeria del otro, y frente a los atisbos de reacciones contrarias –y simétricas– desde Catalunya. La verdad, yo había expresado más de una vez mis dudas sobre la existencia de un "espacio" en el que Pasqual Maragall pudiera desarrollar una política que ni fuera sucursalista ni continuara basándose, como decía F. Ovejero, "en la perpetua insatisfacción como nutriente estratégico". Pues bien, ahí está para refutarme la respuesta de Pasqual Maragall y José Montilla a los aspavientos de Madrid: ni se "cesa" a Josep Lluís Carod-Rovira, ni se niega su "buena voluntad", ni se rechaza por principio que pueda volver como conseller, ni se quiebra el tripartito... Carod-Rovira reconoce que fue "un grave error", y se pacta su dimisión escalonada. El tempo, el modo –y los modos– con que se produce el acuerdo me parecen tan precisos como escrupulosos y cabales. ¿O acaso había que hacerle tanto caso a José Luis Rodríguez Zapatero como para no hacer lo que debía por el hecho de que aquél lo hubiera reclamado?

Una cosa si había yo anticipado. Y es esta: que cuando Maragall estuviera en el Palau de la Generalitat y los socialistas españoles en Ferraz, la situación sería muy distinta de cuando ellos estaban en la Moncloa y el PSC en su sede de la calle Nicaragua. Hoy la situación se ha invertido, y creo que la actuación de Maragall estos días servirá para ir visualizando el cambio.

Sé que el asunto no ha terminado, pero en mi quizás descomedido entusiasmo me atrevería a comparar de algún modo al 27-E de Maragall con el 23-F del Rey, cuando éste adquirió una legitimidad que le ponía por encima de las condiciones y dependencias de las que podía considerársele aún rehén. En Madrid saben que Maragall se ha dirigido siempre a España con cordialidad y sin segundas intenciones. Es esto mismo lo que le puede dotar ahora de la autoridad moral para responder con fuerza y serenidad a toda reticencia o interferencia que de allí nos llegue. Yo no lo creía posible; hoy empiezo a creerlo.

 

   
xavier rubert de ventós · 2008 · contacte@rubertdeventos.com