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  “Esto no es una pipa”, La Vanguardia, 01/05/2003

En los años ochenta escribí en “La Vanguardia” y “El País” sendos artículos en defensa de la política y la persona de Jordi Pujol. Para mi sorpresa, mucha gente los entendió al revés: puesto que yo “era” socialista –pensaron– el artículo “debía ser” una crítica del president. “Muy bien –me dijeron– cómo le das; qué fina ironía; que modo de desmontarle, etcétera.”

Ahora quisiera especular sobre el futuro de Catalunya a partir de la victoria de Pasqual Maragall –y temo que me ocurra algo parecido, es decir, que una vez más se tome mi opinión por una opción. Pero igual como la pipa de Magritte trae el lema “Esto no es una pipa”, el presente artículo debería llevar el de “Éste no es un artículo partisano”– entre otras cosas porque yo no tengo partido.

Pues bien, mi tesis aquí es que la victoria de Maragall puede abrir un camino que nos acerque a la independencia de Catalunya. Una independencia que podemos llamar Estado libre asociado, Pacto de la Corona, Estado confederal o como convenga –ya se verá–, pero que los independentistas de Esquerra Republicana y yo mismo sabemos muy bien lo que significa. Independencia, para nosotros, quiere decir hoy “Libre Interdependencia”. Quiere decir capacidad de operar y negociar sin cortapisas en el mercado político, de manera que Catalunya pueda decidir democráticamente cuándo, con quién y en qué asuntos entra a configurar los “Núcleos de Agregación” que le convienen. No se trata, pues, de cerrarse en Catalunya, como advierte Carod-Rovira. Al contrario, se trata de poder entrar ágilmente y sin mediaciones en la red de interdependencias que constituye hoy el mundo: como sujeto y no como objeto, como jugador y no como “pieza” negociable.

En algún libro he argumentado ya esta versión pragmática y desdramatizada de nuestra independencia. Una versión minimalista que de momento trata de aunar voluntades hablando de “intereses” más que de “derechos”. Baste añadir que Catalunya es un país económicamente rico pero políticamente pobre, y que con la entrada en la UE de países como Eslovaquia o Lituania pasamos de pobres a paupérrimos. Esta desproporción entre, de un lado, nuestra entidad demográfica, económica y cultural y, del otro, el margen de maniobra política de que disponemos no puede sino crecer cuando los pequeños estados europeos puedan nombrar un comisario en Bruselas, un representante directo en el Banco Europeo y un juez en la Corte de Luxemburgo. El coste de oportunidad que supone carecer de estos mínimos significa entrar a competir con un lastre atado a la pierna y un brazo amarrado a la espalda.

Maragall ve esto, como lo vemos todos, como lo ven incluso aquellos a quienes en España les parece muy bien que sea así. Pero lo novedoso es que Maragall no lo plantea en términos de resquemor, sino de lealtad, de complicidad con España, “con la parte contratante de la primera parte”, como diría Groucho Marx. Ahora bien, la desazón de esta parte contratante –expresa o modulada, según exigencias del partido– no se ha hecho esperar: se trata –entienden– de un desapego y laminación de la unidad de España, que podría acabar infectando al propio PSOE, favoreciendo su entendimiento con el PNV, etcétera, etcétera. Apenas se siente menos alejado de la Moncloa, el propio PSOE corre a advertirnos que Maragall “no necesita ya forzar el debate nacionalista” –y que este debate “podría perjudicar” las expectativas del PSOE en el resto de España... O sea, hablando claro: que se trata de un debate “instrumental”, que se ha de abrir o cerrar según interese allí, no aquí. De hecho, los partidos “nacionales” siempre se han sentido más dispuestos a lidiar con el nacionalismo de la nostalgia y de la suspicacia –¡tan afín al suyo!– que a encajar el abrazo de quien les recuerda que para abrazarse hay que empezar eventualmente por ser dos. De ahí el desconcierto ante el catalanismo de Maragall que puede ser muy “sentido”, pero que no es dogmático ni programático, y ante el que no tienen la respuesta repertoriada de siempre. De Gaulle cogió a contrapié a los partidarios de “l'Argelie française”, y pudo así darle la independencia al país africano: nadie iba a sospechar (como sí sospechaban con Guy Mollet) que el general actuaba así por debilidad, frivolidad o falta de voluntad nacional.

De modo parecido (y salvando todas las diferencias de tema, lugar y tiempo) pienso que Maragall puede abrir la puerta de la independencia de Catalunya, aunque no creo que llegue a atravesar su umbral. Es probable que para ello se necesite más tiempo y otras personas, pero creo que Pasqual Maragall va a ponernos en la pista precisamente porque nadie puede decir que éste sea, a priori, su programa.

¿Y por qué lo creo? Ejercer las competencias de un Estatuto razonablemente actualizado va a acabar requiriendo un nivel de poder interno y un ámbito de maniobra externo equiparable al de eso que hoy llamamos estados. Es el poder que se necesita para una eficaz gestión de nuestro país: de su reconversión industrial y cultural, de la inmigración o el turismo, de la energía o la investigación. ¿Y cómo llevarlo a cabo cuando todo sistema de comunicaciones no radial o todo sistema fiscal que cuestione la “caja única” es percibido por la mayoría de los españoles como menoscabo o amenaza a la sagrada unidad de la patria? La parsimonia con que el Estado español y el francés se toman la conexión catalana de sus autopistas es una muestra reciente de lo mismo. Resulta así que estamos en las manos de gente para la que este país no es una prioridad. O que lo es en el sentido de que no le ocupa tanto como le pre-ocupa. Y no digo si esto es justo o injusto; pero sí digo que se trata de una tutela tan cara para nosotros como contraproductiva para todos.

La cosa podría cambiar mucho si, como piensa Maragall pero no yo, los españoles tuvieran reflejos suficientes para hacerse maragallianos; para reconocer que un federalismo abierto a la confederación es la única manera de salvar la existencia, en el siglo XXI, de algo más cordial y operativo que aquella “España imperativa” de Américo Castro que, sin necesidad de haberle leído, tantos españoles llevan todavía inserta en el hipotálamo: una España que o es ancha o que no es nada. Pero si no lo ven, como es probable, entonces la política de Maragall tendrá en nuestro país el efecto de encontrar las razones, de reforzar los argumentos y aunar las voluntades que avalen una “independencia tranquila”, sin mezcla alguna de reticencia, resentimiento o narcisismo; un talante que trata de enfrentar los problemas allí donde surgen –en Marruecos o en las zonas degradadas, por ejemplo– y capaz también de abrir su abanico desde Aragón al Rosellón.

De modo que si los españoles siguen sin entender o, como dice Bru de Sala, “si tras grandes esfuerzos, la condescendencia centralista ofrece un insulso sucedáneo” al nuevo Estatut, la política de Maragall habrá servido, como dice el mismo Bru, para que en este país “las alforjas se llenen de voluntades que ahora no existen o no se manifiestan”. Quizás me paso de optimista, pero esto querría decir que, aun en el peor de los casos, el gobierno de Maragall reforzaría nuestra cohesión y nos pondría en la vía de una verdadera Interdependencia de Catalunya, ya definitivamente cargada de razones. “¿Pero qué dice usted? ¿No ve acaso que está dando argumentos a quienes ven a Maragall como una peligrosa deriva; como una pendiente que acaba necesariamente en el precipicio; como la ‘slippery slope' que culmina con el desgarro y disipación de ‘lo que queda de España'”?

Pues sí, claro que lo veo, pero ya dije al principio que éste no era un artículo electoral. “Ceci n'est pas une pipe”; y yo, además, he dejado de fumar.

 

   
xavier rubert de ventós · 2008 · contacte@rubertdeventos.com